Ventura Pons escribe sobre “A la deriva”

A éste proyecto he llegado por varias razones. Una de ellas, quizás la que, a ojos de ajenos, pueda parecer más importante, es que tanto “Anita no pierde el tren” como “Amor idiota”, las dos películas que he hecho amparadas en la fabulación del gran Baulenas, funcionaron muy bien tanto artística como comercialmente en todos los países donde se exhibieron, que fueron muchos. No es de extrañar que tuviera ganas de volver a trabajar con el mismo escritor ya que en las dos historias precedentes me había sentido muy bien como narrador.

Así que durante estos últimos años he continuado leyendo a Lluís-Antón Baulenas, bañándome en su riquísimo universo, hasta que llega a mis manos su última novela, “Àrea de servei”. Según él, esta narración cierra la trilogía iniciada con los dos textos anteriores que he llevado al cine. Baulenas, que es un amigo con el que comparto amplios criterios en campos que no son únicamente literarios, me había enseñado la historia de Anna y Giró en una redacción previa a la editada. Me gustó el germen del relato, pero, honestamente, no le vi la traslación cinematográfica y así se lo dije. Salió la novela y, curiosamente, algunos críticos me sorprendieron, ratificando lo anunciado por Baulenas, para ellos “parecía una película” mía. Al margen de esta apreciación, la situación era muy parecida a la que había vivido con Amor idiota, novela que también me había costado mucho verla cinematográficamente. Ambas historias, “Amor” y “Àrea”, eran muy potentes, pero, a diferencia de lo que me apuntaban desde los papeles, las veía muy difíciles de adaptar al cine. Con “Anita”, basada en “Bones obres”, todo fue diferente ya que el relato me produjo un ‘coup-de-foudre’ que se materializó en un guión que me fluyó instantáneamente. Pero las adaptaciones tienen estas cosas.

Baulenas insistió y me pasó una escaleta para un posible guión de “Àrea de servei” que, al cabo de dos o tres meses, me puse a desarrollar, pero que dejé al poco ya que su propuesta no me fluía cinematográficamente. Unos meses más tarde, con más lecturas y más darle vueltas a la novela, me pareció encontrar un punto de inflexión – el referente africano, como leit motiv, que aparecía brevemente en el texto – donde basar la estructura narrativa, el concepto de la adaptación. Como he apuntado infinidad de veces, siempre se trata de lo mismo, si no tienes el concepto narrativo claro no puedes explicar la historia. Así empecé a levantar el guión de “A la deriva“.

La principal atracción radica en unos personajes enfrentados, de una forma muy peculiar, a un tema universal, la necesidad del otro. A la vez presenta subtemas igualmente riquísimos, apasionantes, muy presentes en casi todas mis películas, como la amistad, el desasosiego y el desarraigo… Así que una vez más vuelvo a centrarme en uno de mis temas predilectos, la necesidad del otro, pero planteado desde una desesperanza, un desarraigo enfermizo, que caracteriza a la protagonista.

Anna, una mujer de treinta años, regresa marcada, quemada de y por África. Tanto del trabajo durante dos años como enfermera en una poderosa ONG, como, sobretodo, de la falta de sentido del mismo. Todo lo que le motivó a irse se le ha desmontado. La realidad de esa experiencia no es tan idílica como nos pintan a los europeos y ella está asqueada por la inexistencia de los valores que la condujeron, tiempo atrás, a meterse en ése mundo. Desengañada, acepta el primer trabajo que le proponen. Nadie de su mundo entiende que se contrate como guardia de seguridad nocturna en un lujoso centro de salud y estética, un reducto de lo más exclusivo de nuestro mundo occidental. Tampoco nadie entiende que rompa con Ricard, su pareja, y aún menos que se vaya a vivir sola a una autocaravana estacionada, primero, durante unas semanas en un camping desierto junto a la playa y luego en el aparcamiento de una área de servicio de la autopista. Su habitáculo, un microespacio rodante, le permitirá entrar en contacto con seres que comparten con Anna, soledad, desamparo, desarraigo, marginalidad, queridos o no. Es el mundo que, contrapuesto al del centro super fashion, rodea estos meses de su vida.

Todo ello mientras, en el centro de salud, Anna conoce a Giró, un joven inadaptado, ingresado por orden judicial, que no anda por una parálisis y que se niega a revelar su identidad. Anna siente progresivamente una creciente atracción por ese ser extraño, y queda atrapada en una relación oscura y de dependencia. Se cree una mujer fuerte que puede controlar sus emociones. Sin embargo, el encuentro sexual con el camionero nos demostrará que no es cierto. En una metafórica Nochevieja asistirá al rechazo de Giró, la persona que había dejado entrar en su vida. Y también a la crudo hecho de la imposibilidad de su relación. Pero el retorno final a África, al sueño que Anna nunca se ha sacado de la cabeza, será como un volver a la búsqueda, una vez más, de una realidad efímera o quizás a la desaparición final engullida en medio de sus propios sueños.

África como una metáfora de los sueños de unos seres que quieren huir de su realidad inmediata. Partiendo de esta idea que utilizo para abrir y cerrar la película, pero también puntualmente para subrayar los estados emocionales de la protagonista, quiero dejar fluir la historia. Quiero volver a hacer una película en que la narración – y la cámara – sea, como en Amor idiota, absolutamente libre, para explicar el ansia que siente Anna para hallar al otro, en medio del desconcierto y la desazón de nuestro mundo.

Por Ventura Pons.

Fuente original: Noticine.

Artículos relacionados:

Deje un comentario